Capitalistas: llevar al torero a cuestas
Una vez, hace ya tanto tiempo, probaron seriamente en esto del toro, emprendieron el tortuoso camino hacia el trono del toreo con todas las ilusiones metidas en su cabeza. Llegaron a ofuscarse totalmente convencidos de que podrían llegar, absolutamente seguros de que para ellos había una luz en la senda del arte y la muerte. Lucharon contra sus familias, contra sus detractores, contra quienes no se callaban las dudas sobre su futuro. Hubo quien llego a plantearse lo de la alternativa tras algunos éxitos en el ámbito novilleril.
Pero… se quedaron en el empeño, a mitad del camino. Con todas las ilusiones perdidas, y enemistados con todos aquellos que vieron el asunto con escepticismo, los caminos a seguir pasaban por quedarse dentro del oficio pero entre los del segundo plano: meterse a banderilleros, a picadores los más osados, a mozos de espada…; y así un largo etcétera que acababa en hacerse trincón. Para los primeros empleos había que tener influencias y, lo mas importante, valor, algo que ellos vieron como cosa lejana, inalcanzable. Para el último de los oficios tampoco reunían las condiciones de simpatía, facilidad de palabra y cara dura desvergonzada que se requería. Ni cortos ni perezosos, muchos de aquellos soñadores tomaron una decisión dolorosa en un principio y divertida más tarde…: los que no perdieron ese espíritu taurómaco decidieron meterse a costaleros o a capitalistas…
Lo de capitalistas es más duro de entendederas ya que si con esa palabra se aglutinan a aquellos que nadan entre capitales, ellos no podrían estar ahí. Pero si por capitalistas se entiende a aquellos que gozan de su fortuna sin miramientos, aquí si se englobaban ellos: lo que ganan lo funden con pasión y, sobre todo, con alegría.
Conservan sus nombres de los carteles que soñaron encabezar: El Córdoba, El Mele… Son amigos de los conserjes de las plazas de media España, de los porteros que vigilan el patio de cuadrillas. A costa de ser insistentes se aseguran la confianza de los mozos de espada, algunos de los cuales estuvieron en su misma situación. Se organizan en cuadrillas con un capataz al frente, normalmente quien más autoridad parece conservar. Este será el encargado de los cobros, de los préstamos, de poner el coche y de dividir el trabajo. La decisión de a que plaza acudir es algo obvio que no merece su atención ya que tienen su calendario de trabajo insertado en el calendario anual taurino. Tienen “sus toreros” con los que la amistad pasa por conservarles más o menos los trajes de luces en la ajetreada salida de la plaza. Son, cuanto menos, fuertes de musculatura cervical. Actúan en equipo con tal grado de democratización que hasta el capataz realiza las más penosas funciones.
Los costaleros o capitalistas, como se quiera, viven el momento y no se preocupan de que pasara mañana. Los toros los ven gratis, bueno se lo tienen que currar porteando los pesados esportones de las cuadrillas. Ya en la plaza se acoplan silenciosamente, sin levantar sospechas. Pasan la tarde desde su particular atalaya y con su personal visión de lo que ocurre. Ansían el final glorioso de la tarde. Se enervan cuando uno de los matadores ha desorejado a su primer enemigo y disfrutan porque la Puerta Grande esta mucho mas cerca. Se azoran un poco cuando los tres matadores triunfan en los tres primeros toros ya que el trabajo se les complicará y no habrá lugar a los relevos. Cabizbajean cuando el éxito orejil no aparece ya que eso conlleva un peligroso descenso en sus emolumentos. Con esos ingresos comerán, beberán y lo gozaran, repartiéndose democráticamente lo que les reste. No tienen que pensar en nadie pues a nadie tienen más que a su cuadrilla.
Y cuando el ultimo toro haya doblado se tiraran al ruedo, compondrán una trinchera protegiendo al diestro triunfador, planificarán urgentemente con el mozo de espadas la estrategia a seguir, ocuparán sus posiciones según el esquema ya trazado con anterioridad, aconsejarán al mozo de espadas que guarde a buen recaudo las zapatillas, los machos y los demás adornos del traje de luces, esperarán con impaciencia a que el alguacil entregue el triunfo al matador, y será entonces cuando comience su trabajo. Sin orden preestablecido auparán a hombros al matador e iniciarán el paseo en volandas. Como si de una perfecta construcción de ingeniería se tratara hacen bailar al torero, sin prisas, mostrándolo con orgullo a todos y cada uno de los tendidos de la plaza. Vuelta al ruedo y camino de la Puerta Grande. Para ese último tramo el parapeto que han formado se cerrara más todavía. El más robusto de los miembros de la cuadrilla colocara su cuello bajo el paquete del torero y emprenderá, algo más veloz, el camino del triunfo ajeno. Soportarán empujones, aclamaciones, frenesí palpador y rabiosa ira fetichista. Y así hasta el coche que el mozo de espadas ya ha preparado frente a la Puerta Grande.
La operación casi ha concluido pero queda lo más importante. Siguen al torero hasta el hotel y esperan un tiempo prudencial mientras se toman un güisqui que, evidentemente, pagará el glorioso triunfador. Entonces el capataz, al que también llaman apoderado, encabeza la comitiva hasta la habitación. Allí el ambiente hierve apasionadamente. Los costaleros se deslizan tímidamente, aprovechan para hacer relaciones publicas versus palmadita en el hombro, y vuelven a degustar la alcohólica pulpa que gotea el ganador. El apoderado establece contacto con el mozo de espadas –autentico valedor de los capitalistas- y solicita el cobro por el servicio. Serán unas 25000 pesetas aunque, lógicamente, influye el generoso espíritu del matador. Con ese dinero pagaran la comida, la gasolina, las copas, el resto del montaje, y… si sobra algo se lo repartirán a partes iguales. Como las cuadrillas las componen habitualmente cuatro personas, por el pesado trabajo de cargar con el torero, de soportar con su cuello el descargado relax posaderal, el beneficio apenas llegara a las 4000 pesetas.
Así que todo esto no es pasión ni algarabía de un público encantado por el quehacer del diestro…. Esto es negocio, y para los más románticos, el soñar que alguna vez, hace tanto tiempo, ellos pudieron haber recostado su paquete triunfal en el cuello de algún costalero.
Del libro «Las Afueras del Toreo»…, de próxima aparición.