Don Antonio el de la cayada (siempre en el recuerdo)
No es que sea poco hablador, todo lo contrario. Es dicharachero y muy castizo. Ronda la costa de los 90… Aficionado y escudriñador de toros y toreros desde hace más de sesenta años: “Joselito era muy listo. Se despatarraba mucho y según se le venciese el toro cambiaba con mucho disimulo el pie de apoyo”.
Como buen sibarita de su posición, se hace llevar a todos los sitios por alguno de sus numerosos nietos. Es alto, más bien grandullón…; de esos con aspecto de súper bondadosos. Su uniforme de días de toros siempre tiene dos componentes que le caracterizan: su gorra campera y su cayada. Él, como noventón y además castizo, hace alardes de su vanidad y la suelta siempre a través de ese bastón rudimentario y totalmente artesano que media España habrá visto planear al albero desde el tendido bajo del 3 de la plaza de Las Ventas. Su cayada gallea el aire camino de los pies del torero triunfador que feliz y radiante da una vuelta al ruedo. Antonio, el señor Antonio, tiene toda una filosofía taurina que distribuye a través de su cayada.
Amigo de toreros, por ellos siente respeto y gran admiración. Todos sin excepción encuentran en el señor Antonio un incuestionable apoyo. Hay algunos, sin embargo, que gozan del honor de ser de “su casa”, y a estos los estima, los quiere, y como buen y cabal aficionado que es les exige todavía mucho más. A ésos les acerca su cayada por el patio de cuadrillas para establecer una curiosa, enigmática y entrañable comunicación. Hay toreros como Curro Vázquez que le buscan frente al sol que desciende por la andanada del 1, le llama, le pide con la mirada que le acerque ya su cayada, la coge por la mazorca y escruta en los ojos del señor Antonio. . Estos toreros de su casa son, entre otros y además de Curro, Antoñete, Ortega Cano, Paco Alcalde… También lo fue Yiyo y lo sigue siendo toda la familia Cubero. Éstos, sus toreros, le hicieron un homenaje hace tiempo y le regalaron un busto de bronce que otea sus propiedades desde el borde de su finca “El Olivar”. Pero que nadie se confunda porque el señor Antonio a los que más duramente juzga, con mayor implacabilidad, es a sus toreros: “los mido al dedillo porque yo les conozco y sé lo que pueden hacer”.
El señor Antonio, don Antonio el de la cayada, rescata de su memoria, a poco que le ronees, días de gloria taurina como por ejemplo cuando veía los toros desde el patio de mulillas de la plaza vieja, la de Goya. Él trabajó allí de mulillero allí y después lo hizo en Las Ventas recién inaugurada, plaza a la que también ayudó a nacer. Luego más tarde fue cimentando sus negocios y se acomodó en el tren de la vida holgada. Pero se lo trabajó, y, encontrando la mezcla perfecta de la laboriosidad y el ingenio natural, desarrolló un negocio sin denominación ni definición concreta: montó un negocio y punto. Nunca faltó a los toros y desde hace ya bastantes años se ubicó en el tendido bajo del 3, junto a la puerta del patio de cuadrillas, cerca de sus amigos los picadores y los que trabajan en el patio de caballos. No le importó que la lidia se realice en la parte opuesta a la que él ocupa porque dice que desde donde él está la perspectiva es buena y se ve mejor a los toros, “se les descubre en el caballo”…, su otra gran pasión.
Desde aquel atril, ingeniosamente hallado, dirige su particular orquesta a punta de cayada. La visera calada, el torso erguido, la vista fija y analizadora, el puro (siempre Farias) siempre en los labios, apoyado el brazo izquierda en la barandilla para deleitarse escrutando con un personal y privilegiado ángulo de visión, con la cayada entre sus manos que en muchas ocasiones se emocionan y tiemblan ante una garbosa labor… El señor Antonio (De Frutos de apellido) ilustra con sus recuerdos todas las faenas: añoranzas y comentarios jocosos si el muermo empieza a trepar por la barrera, ingeniosos si se quiere criticar sin ofender y sin quebrantar sus propios principios, puntilloso e insobornable cuando hay toro y no hay torero… Y cuando el toro esté orlado por la estocada del matador, el señor Antonio se relajará y en breves segundos emitirá su juicio, sentenciará lo visto con la solera que le dio la vida alumbrando con gotas de rica experiencia las ávidas demandas de sus compañeros de localidad. Cuando pide la oreja es más que seguro que el torero la ha merecido. Si lo concedido es tan sólo vuelta al ruedo puede ser que ya no esté de acuerdo, o sí, y entonces lo que haya sido lo mostrará con su bastón de mando, con su cayada. Si el torero tiene que agacharse a recogerla, o tan sólo devolvérsela, sabrá que entonces es que cuenta con el beneplácito de un aficionado tan cabal como que lleva a sus espaldas y en su hoja de servicios más de 60 años de ver toros. Si un torero en la plaza de Las Ventas da una vuelta al ruedo y no ve caer a sus pies una cayada desde el tendido bajo del 3…, una de dos: o ese día no ha ido el señor Antonio (raro, raro), o lo que ha hecho, su labor, ha tenido alguna laguna que debería hacerle recapacitar hasta encontrar la corrección a ese error.
Don Antonio, el de la cayada… Y que a nadie se le ocurra tomarse su sabiduría a broma, que a nadie se le pase por la imaginación siquiera poder lanzar la cayada del señor Antonio desde el tendido bajo del 3 de la madrileña plaza de Las Ventas del Espíritu Santo. Su cayada es su veredicto, su sabiduría, el sostén de una purísima afición. La cayada del señor Antonio es el puntero del Cossío, una prolongación del dedo más cabal de cuantos se sientan en los tendidos de la plaza madrileña.
(Del libro: «LAS AFUERAS DEL TOREO, LAS VENTAS DE CHENEL»).
Música de Tomasito, Jorge Pardo & El Bola, Mayte Martín y Joaquín Sabina.