Trincones
Fieles a su etimología más pura, gustan del apretón en cualquiera de sus acepciones, disfrutan con la dificultad que a veces conlleva la apropiación de voluntades, y nunca dejan de ensayar las técnicas del amarre imaginario sobre quienes, aún dolientes, son parte vital del rito. Casi anacrónicos, tiemblan cuando observan cómo las moderneces de la intelectualidad devoran sus raíces más ancestrales llevándolas a agonizar en una infertilidad mucho más que bien recibida por las pacientes y sufridas víctimas de sus faenas. Se consuelan pensando que serán menos pero que a pesar de esa alarmante brecha en su peculiar sistema demográfico su casta no podrá ser extinguida por mucho que se intenten introducir temibles cambios, llegados desde los ámbitos políticos que acabarán por convertirlo todo en corrupción… “Con nosotros no podrán”, murmuran mientras hacen honor a otra de las acepciones que la Real Academia les otorgó mostrando su platónico amor al buen vino, al exquisito licor o al más actual y recurrente “trago largo sólo con hielo de aquella botella que me dices te han traído desde la misma Escocia”.
Baladronean y se jactan ostentosamente de su estética, tan refinadamente camaleónica como visiblemente extraída del más polvoriento baúl de la historia de la confección y el diseño. Son devotos del cuello duro, del traje cruzado, de la camisa de seda –“italiana, por favor”-, y de las vetustas gafas de sol en nácar ojo de perdiz. Al tiempo que horteras son capaces de provocar sin esfuerzo auténticos latigazos sensoriales cuando, de un día para otro, modifican atuendos impactando con indumentarias –ellos dicen que de sport- en las que conjugan desde el más purista estilo kitsch al postmodernismo de escaparate de calle de gente bien. Gustan de ver pero sobre todo de ser vistos, y a ello se entregan en cuerpo y alma al grito de “¿¡cómo estás?!”, siempre acompañado de una perceptible palmadita en el hombro. Sin demostrar el más mínimo cansancio recorren hoteles y posadas, cortijos o mansiones, escrutando hasta la conquista cada rincón, por recóndito que esté, en una operación de acoso y derribo –rapiñismo al cabo- de cuya efectividad depende su siguiente minuto de bienestar.
Son los trincones, los expertos más aventajados de esa materia conocida como “el arte de la patilla”: el glorioso arte del vivir bien sin dar ni golpe, que se alcanza a base de la petrificación más químicamente pura de sus rostros. Inasequibles al paso del tiempo y al cambio de mentalidad de los toreros, subsisten gracias a “La Tradición”, tan arraigada como indestructible, auténtico y puro caldito de cultivo de la tauromaquia. Últimamente andan un poco de capa caída porque el valor y el sentido de su título está en peligro debido a esa acepción puesta en boga por “la clase dirigente de lo que sea menester”, y se temen que en breve pasarán a engrosar la plantilla de sinónimos del término “corruptos”. Por ello, una vez más vuelven a agudizar su ingenio para conseguir estar sin que lo parezca, ser sin que se note, y mientras seguir ejerciendo como buenos entendidos en la migración, una de cuyas reglas de oro dice que irremediablemente y año tras año se volverá a los lugares donde se comió a gusto, se durmió con placidez, no se pasó frío, y no solamente no costó un chavo sino que hasta se ganó dinero. Lo dicen porque lo escucharon a sus antecesores y les excitaría que no lo olvidaran los que puedan venir, que el oro de los toreros da para mucho.
Y así van tirando, Y por lo que se avecina no se atreven ni siquiera a pensar en traicionar al diccionario de la Real Academia: “Trincar: tomar bebidas alcohólicas, amarrar a alguien, robar, apretar, apoderarse de alguien o de algo con dificultad”.
A cuidarse!!
Música de Willy Giménez, Leonard Cohen, Jorge Pardo y Lucio Dalla.
![DALI TORERO A HOMBROS[1]](https://javiermanzano.es/wp-content/uploads/2012/05/DALI-TORERO-A-HOMBROS1-238x300.jpg)