Visto de negro
Se levantó temprano. Casi no había dormido, igual que todas las últimas noches. Atestó de café bien negro la cafetera con la intención de que surgiese no un líquido sino un sólido con el poderío suficiente como para desagilipollarle aunque fuera un par de horas. Encendió un cigarro, conectó la radio y abrió el periódico aunque extrañamente no por la contraportada como era su costumbre sino al azar. Mientras incrustaba el humo alquitranado y venenoso en lo más profundo de sus alveolos, su mirada se bloqueó en un detalle de una crónica, un detalle posiblemente nimio y absurdo pero que a él le pellizco en la neurona desocupada: “el duque fue interrogado incluso para que desentrañara el porqué de una consulta sobre un termo y la posibilidad de que la compra e instalación del aparato electrodoméstico desgravase”. Era sin duda una tontería ridícula y sin importancia comparada con el caso, pero el detalle le daba el pié y el título para el artículo que escribiría: “el termo de Urdangarín”. Anotó un par de ideas, apagó el cigarrillo y se sirvió el café al tiempo que encendía otro pitillo. Llevó la taza humeante y olorosa hasta el escritorio y conectó el ordenador. En lo que tardó en iluminarse la pantalla se encendió el tercer cigarro y a la par que mezclaba humo y café, nicotina y cafeína, abrió el buzón del correo electrónico. De un vistazo certificó que una mañana más no había nada importante y mucho menos urgente: las newsletters de siempre, los dos pesados de siempre y la media docena de spam de cada día. Monotonía, rutina, insustancialidad… Echó mano por cuarta vez al paquete de tabaco mientras apuraba el tazón de café sólido cuando de pronto un email llamó su atención: “me rindo” era su título, “visto de negro” el nombre del autor.
“Me aconsejan que no escriba aquí (nombre de sitio web) durante un rato, que envíe este sitio al limbo de los durmientes. Me recomiendan que silencie esta voz durante un tiempo, que la acomode una temporada en la guarida de los sueños imposibles. Me sugieren en definitiva que me autocensure, que no diga en voz alta ni uno sólo pensamiento.
¿Qué haré si lo hago? ¿Qué haré si ni escribo, ni hablo ni pienso? ¿Qué me quedará si eso que debo dejar de tener era lo único que me quedaba?
Tantas cosas por contar que no conté, tantas cosas por decir que no dije… Tantas cosas por contar que ya no contaré, tantas cosas por decir que ya no diré…”.
Nada más decía.
Se sirvió otro café sólido, encendió otro cigarrillo, y volvió a leerlo.