La casa de los líos
La familia de Miguelín tenía fama de ser una familia democráticamente ejemplar. Cualquier asunto, a veces incluso aquellos sobre los que había unanimidad, era sometido a debate y votación. Tal era su talante, y puedo dar fe porque he sido hasta hoy vecino casi pared con pared, que no se privaban de gastar horas de conversación a fin de llegar a espacios de intersección en los que convivieran armónicamente las sensibilidades de cada cual; ¡y eso que eran siete en casa! Costase más o costase menos, siempre llegaban a un acuerdo, y aquella norma, tan elemental pero a la vez, y por desgracia, tan excepcional, se llevaba a extremos tales que en caso de fuera un sólo voto el que tuviera que deshacer un empate se echaba a cara o cruz. Así había venido siendo desde donde me alcanzan mis recuerdos, pero sin embargo hacía unos meses que aquello empezó a cambiar con la misma fuerza que de un día para otro la calma chica se convierte en galerna. Y el motivo de tan brusca transición entre aquella casa ejemplar y la actual casa de los líos fue, ¡¡fíjate tú que gilipollez!!,… televisivo.
Desde hacía bastantes años, muchos años ya, eran todos sin excepción entusiastas seguidores de una serie, tan ácida como ágil y tan sarcástica como perfectamente documentada, titulada “On The Road”. No sólo no se perdían ni un capítulo sino que además lo retroalimentaban, ¡cada capítulo!, con ingentes cantidades de información complementaria que recopilaban, contrastaban, resumían y editaban, generando un caudal de datos y opiniones que para sí quisieran documentalistas, ensayistas y hasta coleccionistas. No era fervor, aunque se parecía mucho, pero sí era la quintaesencia de ese espíritu familiar suyo cuyos cimientos nítidamente democráticos los afianzaban a diario en base a la excelsa teoría de que para tener una opinión bien robusta es imprescindible tener previamente una más que sólida información.
Así era y así había venido siendo, pero no me atrevo a asegurar que así vaya a seguir siendo. Resulta que hace relativamente poco se pre-estrenó una serie que podría calificarse como nueva aunque ya se emitió algún capítulo piloto hacía tiempo. Esta serie, titulada “New Flamingo”, no tenía la consistencia de la otra, ni mucho menos su solvencia, y aún siendo más previsible que lo pueda ser lo que pasó hace apenas unos segundos, lo cierto es que tenía el chisporroteo de lo nuevo y la efervescencia de lo distinto. Los directivos de la cadena, que seguro que pensaron en el dicho “renovarse o morir”, decidieron re-estrenarla y tal cual lo anunciaron con todo el bombo y platillo que la promoción de diseño requiere, y con toda la futilidad y vacuidad de los siempre efímeros fuegos de artificio. ¡Y acertaron!…; curiosa y extrañamente acertaron como aciertan esos publicistas que ni ellos mismos saben lo que venden pero venden.
Así germinó la semilla de la discordia en el seno de la familia de Miguelín, que tenía fama de ser una familia democráticamente ejemplar. Por supuesto se abrieron enconados debates y acaloradas discusiones (muy acaloradas que yo las oí), y poco a poco aquel envidiado talante familiar empezó a agriarse, y aquel modelo de relación familiar comenzó a avinagrarse, y aquel ejemplo que siempre habían sido inició un resquebrajamiento de muy muy muy difícil soldadura.
Ignoro por completo en este mismo momento en qué quedó la cosa y no me atrevo a pronosticar en qué quedará finalmente. Sí que creo, con apenas alguna duda chiquitita, y visto lo visto y escuchado lo escuchado, que al final ganará “New Flamingo” por el simple y megabasiquísimo mérito de ser nueva, o casi nueva…; un elemento por cierto manoseado hasta el infinito por los publicistas con el único objetivo de embaucar. Además, y también a su favor, tengo entendido que los Fernández, archienemigos de la familia de Miguelín, beben los vientos desde hace bien poco por «On The Roud», y aún desconociendo si eso es bueno o es malo sí que resulta sospechoso, y por todo ello, y lo anterior, gana enteros «New Flamingo» por la simplísima razón de tener que ser diferentes a los Fernández.
Lo que finalmente pase ya se verá, pero en todo caso en lo que sí apuesto una buena parte de lo apostable es que la casa de la familia de Miguelín, con fama de ser una familia democráticamente ejemplar, ya ha dejado de ser la casa de la concordia y la armonía para convertirse en la casa de los líos y los gatuperios.
A cuidarse!!
Música de Radio Tarifa (“Temporal”), Supertramp (“Casual Conversations”), Gabriel Ríos (“Las Calaveras”) y Leonard Cohen (“Amen”).