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El tiempo es tramposo. Y también es trampero. Te lleva, te trae, te dice… “te acuerdas”. El tiempo te grita… “si fuera ahora”… Te convierte en el minúsculo habitante de tu inmenso retrovisor. Te proyecta hasta la misma frontera del “ojalá” y te lanza contra los tratados completos del plan, el proyecto, el objetivo, el deseo, el sueño…, el apagose!
El tiempo, tramposo y trampero, te monta en una vertiginosa montaña rusa y cuando te ha convertido en nada más que adrenalina te estampa contra un tirabuzón imposible que puso de repente a la salida de un súbito volantín. Después, con el corazón directo al colapso a la velocidad de la centalla, invierte bruscamente el sentido de la marcha hundiéndote en la misma entraña de la desazón, en el tuétano de la agonía.
El tiempo te afila convirtiéndote en bisturí de precisión capaz de diseccionar hasta tus propios sentimientos sin provocarte la más mínima sensación de dolor. Después, ya del todo vulnerable, te mella sin piedad hasta incapacitarte de tal modo que ya ni siquiera sirves para desbrozar.
El tiempo, caprichoso y diabólico, egoísta y cruel, tramposo y trampero, posee el don de saltar las alambradas y destruir las fronteras con las que laboriosamente blindaste tus neuronas, y, haciendo que te traicionen todos y cada uno de tus sentidos, te humilla con absoluta desvergüenza transportándote a la velocidad del neutrino una y otra vez, y otra más, de la ilusión al desencanto, de la gloria al fracaso, de la cima al abismo, del éxtasis a la depresión, del proyecto al cadalso, del sueño a la pesadilla, del frenesí a la miseria, del plan a la rendición.
El tiempo es tramposo. Y es trampero. Cada segundo que pasa te hace cien trampas, cada minuto que pasa te pone mil trampas. Y tú siempre caes, una y otra vez y otra más y otra… Siempre, irremediablemente… siempre.
Y si el sueño finge muros
En la llanura del tiempo
El tiempo le hace creer
Que nace en aquel momento