El viaje de Ittra a Natalia

ferrocarril-de-cremallera-en-suizaSalió de casa un jueves de agosto cuando el calor fundía los termómetros y derretía el asfalto. Iba en busca de su amada, la chica de sus sueños, la mujer de su vida.

Así lo llevaba escrito en la mismísima frente y de ello se pavoneaba a lo largo y ancho de todo él: con todas y cada una de las líneas perfectísimamente alineadas, desde la camisa al pantalón y desde la americana al pañuelo en la solapa, sin olvidar, por supuesto, la raya del pelo; con el sello bien visible en el anular; con una elegante florecilla rojo lacre en el ojal superior; y con su discreto cuadernito de hojas de papel de arroz de dos líneas que dejaba ver en el bolsillo de la chaqueta.

Se iba en tren y su destino estaba al sur. Ni un dato más ni mayor concreción; de pequeño le insistieron mucho en que determinadas informaciones debían ir siempre selladas. Sabía que le preguntarían pero únicamente diría que iba hacia el sur en busca de su amor. Nada más.

Llegó a la estación en un pequeño microbús abarrotado de gente. Entre estrecheces se felicitó enormemente de no llevar equipaje. Pero al tiempo, se lamentó profundamente de que las apreturas le impidiesen establecer algún tipo de relación más allá de las de obligada cortesía.

El coche que le asignaron no difería mucho del que compartió en el traslado: reducido, pero con generosos ventanales, y atiborrado de pasajeros, aunque distribuidos en perfecto orden. Carecía de la más mínima decoración, salvo unas minúsculas cortinillas en las ventanas, y tampoco había espacio suficiente para los equipajes que, aun no siendo muchos, fueron amontonados en una esquina. Tenía buena ventilación y no estaba mal comunicado a pesar de que el pasillo parecía diseñado por un liliputiense. Eso sí, los asientos, de mucha madera y apenas esponja, no eran por suerte especialmente incómodos, y hasta permitían dar alguna cabeza.

gama000Cuando entró a su vagón ya estaba casi todo ocupado. Se reprochó haberse entretenido en exceso frente a una curiosa colección de sellos que regalaba un tempranero coleccionable. Buscó su asiento y volvió a lamentarse de no haber estado más vivo: el único hueco libre estaba en la tercera fila, entre una mujer de unos sesenta años y un joven de no más de veinte. Pidió disculpas por molestarles y se acopló sin aparatosidad; en ese primer contacto le parecieron dos agradables y discretos compañeros de viaje.

Ella, riguroso luto de pies a cabeza, se llamaba Julia. No era de mucho hablar o al menos de mucho detallar. No dijo su edad, por supuesto, pero sí que iba a ver a su hermana al pueblo. Era cuatro años menor que ella y hacía años que no se veían, “apenas una docena de veces desde que me fui a Madrid”. Ahora buscaba el reencuentro, y también una cierta reconciliación, consumida por el vacío en que subsistía desde que murió su marido, va para siete meses. De chicas eran uña y carne pero la relación se fracturó cuando emigró para trabajar y labrarse una vida. Ella no se lo perdonó pese a que al principio mantuvieron parte de la estrecha confianza en que se basaba su relación. Entendió que huía en vez de que buscaba una vida y le reprochó que la dejase abandonada a su suerte entre un océano de dificultades y complicaciones familiares. Ahora volvía en parte por acuciante necesidad sentimental y en parte para intentar rehacer lo deshecho aunque fuera en la recta final de su vida. Albergaba la esperanza de que su llegada supusiera una sorpresa agradable, y no le inquietaba que no lo fuera porque tenía más que pensado lo que haría si así fuese… No lo quiso desvelar, y casi no volvió en el resto del viaje salvo alguna que otra pregunta.

1230700040254_f1Él lucía tembloroso una pasmosa y tartamudeante timidez que ponía de manifiesto que apenas acababa de cumplir los 18, lo que confesó en su primera frase junto a su nombre, Luis, y apellidos. Vestía lo que Julia habría etiquetado como “la ropa de los domingos” conectando directamente el común origen rural de cada cual: camisa blanca abrochada decorosamente hasta el segundo botón, pantalones azules de tergal, relucientes zapatos de cordones, y una rebeca (de “por si acaso, nunca se sabe”) también azul que llevaba perfectísimamente doblada en su regazo. Le costó encadenar la conversación pero cuando lo hizo, consecuencia de su retraimiento, no ahorró detalles. Contó que iba a ver a sus padres porque le habían dado unos días de vacaciones en el almacén donde trabaja de aprendiz desde hacía cinco meses. Explicó que se puso a trabajar para poder costearse parte de los estudios de magisterio que había iniciado hacía casi un año, porque la economía familiar, “el campo y los animales”, era prácticamente de subsistencia y había que ayudar. Presumió un punto ufano que además había ahorrado un poco de dinero y que era la sorpresa que le llevaba a su madre. Describió que su quehacer consistía en la clasificación y empaquetado de frutas y hortalizas para la exportación, y eso le ocupaba desde primera hora de la tarde hasta el anochecer cuando además ayudaba en la carga de los camiones. Aclaró que iba a clase por las mañanas y que estudiaba por las noches, y que mal que bien iba sacando las asignaturas y de hecho había aprobado el primer curso con cierta holgura. Y anunció por fin que estaría una semana allá en el pueblo a donde esperaba volver a finales de septiembre para las fiestas patronales.

En cuanto a él, preguntó más que contó y pegó hebra en cada respuesta para esquivar interrogatorios e indagaciones. De hecho, se ciñó a relatar que iba en busca de su amada (“la chica de mis sueños, la mujer de mi vida…: Natalia”) y apenas explicó que llevaban tiempo, “no mucho”, sin verse y que ella no sabía nada de su llegada. Dijo poco más: que era muy guapa y muy atenta y cariñosa, que la conoció en un kiosco en el Retiro, y que estaba perdidamente enamorado de ella. Sí que es cierto que era un tipo reservado, pero es más cierto que cumplía a rajatabla lo que de pequeño tanto escuchó sobre que hay informaciones que deben ir selladas, y también lo que ya adolescente le repetía una y otra vez un de sus mejores amigos: “la información, poca y confusa”. Con todo, decidió echarse p’alante, y, vulnerando enseñanzas y consejos, comenzar a exponer sus planes y proyectos aderezándolos con detalles de su vida profesional.

No le dio tiempo: el tren llegaba a su destino. El viaje había terminado y era el momento de las despedidas. La mía por cierto es a la vez despedida y presentación: me llamo Ittra; ha sido un placer.

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-¡¿Natalia Gómez Puente?! ¡¿Está Natalia Gómez Puente?!

-¡¡Sí!! Soy yo.

-Hay una carta para usted.