Sones
Allí al fondo, allí a lo lejos, allí donde se pierde la vista, la mirada y el sentido quiso llevar a su alma, guarecerla, exiliarla quizás. No pudo. Ni supo. Ni quiso saber ni poder.
De una zancada la llevó del vergel al secarral. Y se le rebeló. No sólo por el tránsito, que fue la gota que colmó el vaso, sino por lo que vivió en un sitio y otro: en uno se vio a sí misma de vieja, en el otro sufrió un golpe de involución.
Allá donde el frescor es el río de la vida y la gente está hecha de agua viajó al futuro, a su futuro. No le gustó. Y tampoco lo que vio. Problemas respiratorios, problemas cardiacos, un insolente e impertinente Parkinson, y una constante mueca de resignación con la que perpetraba bromas para intentar camuflar el calvario que en realidad era su día a día.
Acá, donde el amarillo no es un color sino el resultado de la diaria devastación del inclemente dios sol y su hijo el fuego, fue flagelado de manera inmisericorde con trasnochados golpes de involución que le condujeron sin piedad alguna al mismo epicentro de la edad media. Aquel lugar fue convertido en una ciudad medieval a base de capirotes, peinetas, hábitos, mantillas, túnicas, escapularios, sotanas, rosarios, sayos, cofradías, casullas, estolas, estampas, mitras, tricornios, y hasta novios de la muerte ataviados de legías. Un verdadero akelarre colectivo jaleado sin descanso por cientos de miles de jóvenes ungidos por la fe que de esa forma y en ese lugar remataban dos semanas de espirituales y fervorosas vacaciones “todo incluido”.
Allá el futuro. Acá el pasado. Allá, en verde y azul, un futuro. Acá, en todo su esplendor y colorido, un pasado del que no existían, hasta ahora, fotografías. Y entre lo uno y lo otro un tránsito que pareció, vaya paradoja, un doloroso vía crucis. El resultado, la mezcla, no podía ser otra cosa que la rebelión, la revuelta, el levantamiento…, la insurrección.
Y allí al fondo, allí a lo lejos, allí donde se pierde la vista, la mirada y el sentido quiso llevar a su alma, guarecerla, exiliarla. No pudo. Ni supo. Y ni siquiera sabe ya si quiso saber y poder.
Se sirvió una copa y puso música.