A saludazos (evocaciones de las afueras del toreo)
Qué abrazos, qué derroche de poderío en cada encuentro, cuánta efusividad en cada apretón de manos. ¡¡Que desmedido ejercicio de la cortesía!!
Pegando saludazos pero sobre todo dejándose ver una y otra vez, decenas de estos personajillos van citando cuanta vanidad encuentran en sus incansables paseíllos. Lo hacen con exposición, riesgo y gallardía; desdeñando temerariamente la cogida porque en muchos casos lo que precisamente buscan es la cornada confiando ciegamente en el contagio: la contaminación.
Son tan inconfundibles como puntuales: ni una sola cita se escapa a sus agendas. Fervorosamente adiestrados en el arte de la patilla, cumplen al pie de la letra y al completo su ritual. No madrugan y si lo hacen se ocultan acicalándose minuciosamente para el primero de sus paseíllos: la aparición en el hotel del matador. En su portón elevan el gesto demandando atención, porque ellos nunca preguntan, se estiran vistosamente sus chaquetillas, se des-rayban, se atusan los caracolillos procurando desprender una buena dosis del perfume en que pareciera que se han bañado, y aguardan. Pronto aparece alguien que les reconoce aunque quizás no conozca más que sus rostros, y como dejándose llevar se adentran en el templo repartiendo sonrisas y muecas cómplices a un sinnúmero de desconocidos que sin embargo sí parecen tener la obligación de conocerles. Allí hay ex-famosos, empresarios de oficio que no de beneficio, eternos aspirantes a apoderados, toreros en minúsculas o minusculizados, críticos que dicen serlo aunque en realidad ejerzan de expertos del “quien a buen ascua se arrima”… Toda una constelación de semejantes en iguales circunstancias, especialistas cum laude en la teoría y práctica del saludazo.
Antes de la una, habrán bebido, comentado, alternado, picoteado, y mentido con disimuladísima fruición, todo coronado con un trabajado estrabismo. El primer fruto de ese paseíllo inicial debe haberse conseguido con creces: un par de billetes para los toros. Con los trofeos en el esportón y re-auto-ovacionándose, vuelven a gustarse abandonando garbosos ese ruedo. Su lidia no ha hecho más que comenzar.
Móviles y taxímetros anuncian el segundo tercio. Finos manteles; frescos claveles; sabrosas viandas entre las que no debe faltar el jamón, la gamba, y un pedazo carne; y torrentes de jereces, riojas, riberas, escocias y espirituosos variados. Todo, claro está, anillado por infinitas volutas de montecristos, cohibas o similares, que abrocharán la interminable factura que alguien del entorno del matador, ganadero o empresario abonará religiosamente con la partida específica de fondos reservados, capítulo “agasajos ineludibles por la culpa del oro del torero”.
Bien comidos, mejor bebidos y embriagadoramente fumados… , todos a tertuliar mientras procesionan camino de la plaza. Hablen con quien hablen, y digan lo que digan, todo será en positivo, porque “no se muerde la mano que da de comer”, y todo estará suficientemente amplificado para que nadie pueda decir que no se ha enterado. Suelen hacerlo en parejas o tríos aunque esa no es condición obligatoria ya que donde deberán esforzarse porque estarán siendo examinados es a la entrada a la plaza, en los tendidos, y al término del espectáculo. Ahí sí que deberán alardear de su sapiencia en la ciencia de mayusculizar hasta el más pequeño gesto -sea más o menos taurino- de su proveedor de vanidad ajena. Un ejercicio, además, que supone un indiscutible sobreesfuerzo del que precisamente brota la coartada exponencialmente esgrimida para seguir consumiendo desaforada pero elegantemente, como sin queriendo.
El festejo termina, ellos se reinician. La cita es en el patio de arrastre, y la consigna repetir por enésima todo el ciclo. Rehacerlo sin demora a partir de un primer reventón reconcentrado porque de una veintena de saludazos dependerá el resto de la noche. A reatusarse discretos, un saci pronto a la boca, izar muy patricios la testa, y a por las presas. “Yo vi… A mí me dijo… Sé con seguridad… Me ha confesado… Leí en su mirada… No dudes que… Estate seguro… Dí si dicen… Cuentan que aquel… Al parecer éste…”. Por esos rieles descarrilan sus piropos, halagos, lisonjas, y adulaciones, y lo hacen con tanta desenvoltura y talento que en ningún caso se les verá descomponer la figura por más que haya quien ose llamarles pelotillas, tiralevitas, adulones o cobistas… Ellos ni claudican ni se arrugan porque en juego está su supervivencia en la fiesta, pero sobre todo porque son consumados y reconocidos especialistas del arte de la patilla y profesionales indiscutibles del saludazo.
San Isidro también es su Feria y para ellos Madrid sí que da y sí que quita.