Desinspiración

dali«Me arrancaron de la vida. Después, me arrancaron la vida…».

«Empezó a pasar una mañana en la que bandadas de buitres, que no veía, tiznaban un reluciente sol que todo lo coloreaba en las afueras del ajusticiamiento que aún ni sospechaba. Comenzó a perpetrarse un día en el que de fondo sonaba incesantemente: «te lo dije…, te lo advertí…, te avisé…», sin que fuera consciente de estar oyéndolo. Tres frases, ocho palabras, que a ritmo de obsesiva petenera redoblaban compulsivamente en aquel esquinazo de su espíritu, actualizando una y otra vez la maldición de aquella vieja gitana de la alhambra a cuyo lado una pasa era la quintaesencia de la tersura».

«Me arrancaron de la vida. Después, me arrancaron la vida…»………..

Y ahí paró, ahí dejó de escribir. Inesperadamente la pantalla se tiñó de negro y al instante se apagó el ordenador. Miró el cuadro de los diferenciales pero todo estaba en orden. Comprobó el enchufe con otros artilugios y funcionaba. Lo hizo rápido porque se sentía inspirado, enchufado a su musa, y tan así fue que presuroso buscó papel y bolígrafo para proseguir su relato sin distraer ni un segundo en el qué habría pasado. Arrancó, mas que quitó, la capucha y se lanzó así armado contra el folio. Engatilló la primera letra de la primera palabra y… nueva sorpresa: no salía tinta. Comprobó si se había vaciado o quizá secado, pero no: estaba rebosante. Buscó entonces una estilográfica pero le sucedió exactamente lo mismo. Empezó a inquietarse. Abrió entonces un viejo plumier y tomó un lápiz. Fue aún peor: se la caía la mina: No que se partiera no, es que literalmente se caía una y otra vez, se desvanecía. O quizás huía. Volvió al ordenador. Pudo encenderlo, ¡funcionaba! Cargó la página y se dispuso a amartillar las teclas cuando estas saltaron los aires empezando a revolotear con indómito sarcasmo a su alrededor. La rebelión de las teclas, se dijo. Intentaba capturarlas pero era imposible: una y otra vez driblaban a sus dedos con fintas vertiginosas. Se desquició. Y decidió encerrarse.

«La musa dicta y en algunas ocasiones sopla. Pero relativamente poco, porque ya está lejana y tan cansada que tuvieron que ponerle medio corazón de mármol».

«Me arrancaron de la vida. Después, me arrancaron la vida…».