El año del florete
Tampoco este año aprendió prácticamente nada. Pensó que habría sido por los recortes masivos que han extirpado sin piedad mucho más que todo lo extirpable por tierra, mar y aire. Eso fue lo que pensó pero lo pensó sólo un ratito porque enseguida ese pensamiento fue guillotinado también sin piedad. Por ello precisamente, y pertrechado de un indestructible blindaje antiguadañas, se introdujo en sí mismo para cobijar con extrema delicadeza lo único que había descubierto, analizado, y aprendido con aquel tesón de jardín de infancia que hacía que ciertas cosas se aprendiesen sin posibilidad alguna de que se olvidarán nunca jamás: este año que ya acaba aprendió, analizó y descubrió el magnetismo, la magia, el embrujo y la fuerza de un florete cimbreante…
Lo (re) descubrió sin esperarlo cuando la primavera empezaba a asomar por el horizonte a la voz de «pepe, jóse, pápa…»… Lo aprendió sin darse cuenta que lo estaba aprendiendo pero consciente desde el anticipo del primer instante de que aquello era cualquier cosa menos instante fugaz… Lo analizó atropelladamente pero sabiendo (¡vaya si lo supo!) que ya no querría descomponerlo ni disgregarlo ni mucho menos aislarlo… Lo metabolizó con el ansia y el deseo del más sesudo investigador, con la disposición entregada del zahorí, con la paciencia exacerbada del orfebre hasta entonces más templado…
Y sucedió todo en la inmensidad de un momento, en la eternidad de un instante, en la imperdurabilidad de lo inextinguiblemente infinito. Ocurrió en el corazón mismo de un eterno pellizco dulcísimo llamado destino. Y pasó que entonces aprendió lo único que mereció la pena aprender en el terrorífico año de los masivos y despiadados recortes: que (re) apareció un florete que, fuese o no fuese golpeado suavemente en su empuñadura, ya no dejaría de cimbrearse suavemente…, siempre firme pero siempre que tú quieras en movimiento, siempre referente y siempre a tu compás. Un exquisito y fascinante florete, ya imprescindible, que un día y otro y otro más, sin dejar ni un momento de cimbrear, fue insertándose suave e imparablemente en el mismísimo epicentro del alma.
Eso es lo que descubrió, analizó y aprendió este año. Y lo hizo con una tenacidad y una obstinación tan extremadamente indómitas que de inmediato se convirtió en indeleble, en indestructible…, en perpetuo como se encargaron de cincelar y esculpir en la alacena de sus sentimientos y en la hornacina de sus sentidos decenas, cientos, miles de diminutos pero certerísimos floretes suaves y siempre cimbreantes.
A cuidarse!!