Huelga la estrategia

obreros-en-vigaA punto de ser completamente atufados por los de momento efluvios a zotal, naftalina, flis o ricino que desprende la carcundia en su pletórico resurgir (Sarkozy, Suecia, Tea Party, Holanda, peperos y sus secuaces ultras en Cataluña, etc….), aquí despunta ya en el horizonte más cercano una convocatoria de huelga general sin duda justificada en tanto que en su misma base, en sus cimientos, habita la incuestionable realidad de que, una vez más, la ronda de la crisis se paga no ya a escote (que en ningún caso debería) sino un poco más por lo que menos tienen. Que la tal huelga sea un éxito o no ya se verá, y exactamente lo mismo ocurre -ya se verá- con sus consecuencias/con el si habrá servido para algo o no. A priori, eso dicen y eso se escucha, pase lo que pasa nada pasará, pero en ese punto casi es preferible (y deseable) pensar que estarían haciendo caso a Corleone y no dicen en voz alta lo que están pensando no vayan a enfurecerse los tiburones (esos que no pagan la ronda pero beben y comen más que nadie y se comen y beben a casi todos). Ojala así fuese y lo que estén pensando es que algo sí pasará si es que pasa lo que podría pasar el 29.

Es en ese contexto, o mejor en ese angulito utópico del contexto, ¡utopicemos!

Imaginemos que lo que se ha hecho/lo que se ha tenido que hacer ha sido desde el pórtico mismo del cadalso con todos los afiladísimos dientes de los tiburones prestos al degüello, y que como a la fuerza ahorcan no ha quedado otra que sepultar compromisos y convicciones so pena de ser ansiosamente devorados. Imaginemos que si no en la corteza sí en el fondo de las más básicas convicciones sigue habitando «la convicción» y que gruñe con furia para ser nuevamente despertada. Imaginemos que para hacerlo urge no ya el valor ni siquiera los principios sino una gran coartada, una enorme y poderosa excusa. Imaginemos que es todo eso lo que se imagina y que, a mayores, en un rapto de estrategia se ha llegado a barajar que en el mismo lance se puede dar un golpe de efecto de envergadura tal que pusiera una tapia a la carcundia. Imaginemos entonces que argumentando de entrada, llegado el caso, lo ya dicho respecto a que a la fuerza ahorcan, y en la hipótesis de que la huelga es de verdad huelga, se usase la misma como coartada o excusa para dar un viraje y rectificar, para desandar el sendero minado al que se fue mandado a golpe de ronzal.

Demasiado imaginar sin duda, pero sale gratis y ¿por qué no pudiera ser?

De serlo, el panorama…, perdón… el angulito utópico del panorama,  quedaría así: se habría recuperado la sensatez social y la sensatez de la convicción anulándo lo que tanto gustó a los carcundios para alivio y satisfacción de cientos de miles, millones, de ciudadanos, quienes, no contentos sólo por la restauración conviccional tendrían otro motivo de orgullo sumamente exportable como ejemplo en estos tiempos de zozobra carcundiana: ¡por fin alguien, por fin una tierra, hace frente y planta cara a la carcundia!

Utopizar, está claro, sale gratis. Y además es divertido. Con todo, y en este caso, sería no ya deseable y no ya necesario sino justo. De lo contrario cada vez sonará con más fuerza el estribillo de la que podría ser, ojala que no, la canción de los próximos meses: «ya no sé si soy de los nuestros».

A cuidarse!!