Comprar tiempo

reloj-del-genio-daliSe acercó sigilosamente en la amanecida, casi como acechando. Al fondo de la calle dos ventanas permanecían iluminadas. Se oía un rumor etílico de conversaciones gastadas, forzadas, ancladas al fondo de los vasos y agarradas al tiempo, reteniendo autómatamente el inevitable «señores, nos vamos». Estuvo tentado de acercarse; se contuvo: también sus deseos habían perdido fuerza, determinación. Bordeó la tentación y siguió su camino. Últimamente sólo hacía que bordear, «estás infectado de eufemismo vital» le dijeron no hace mucho. Se ajustó la ajada gabardina (la que cuando brilló tantos simularon admirar), se sumergió entre sus hombros, y apretó el paso camino de su ninguna parte, aquel refugio que construyeron sus penas cuando se le rebelaron hasta conquistar y tomar posesión de su voluntad. Sabía que cuando llegase, y sin que su ex-voluntad pudiera impedirlo, volvería a ponerse a estudiar cómo seguir comprando tiempo.

Durante muchos meses, desde que fue repatriado a su realidad que con tanto empeño creyó haber escondido, se dedicó a vender una y mil veces lo que no tenía. Recuerda ahora lo que disfrutó haciéndolo, tanto que llegó a estar convencido de que sí tenía lo que vendía. Decenas de corifeos le ayudaban a enrocarse en la ilusión, y lo hacían con tanta efervescencia que incluso llegó a desterrar al puñaíto de muy fieles y muy incondicionales partidarios que le decían que todo aquello no era más que un espejismo. No sólo les desoyó sino que llegó a abjurar de ellos borrando del fondo de su alma la certeza de que eran los únicos que de verdad le querían. «Vade retro» se decía para sus adentros apuntalando sin darse cuenta el muy poderoso y muy dañino despropósito que estaba criando… «Fuera desperdicios» se repetía metódica y sistemáticamente para el mismo centro de los tuétanos de su alma, mientras sus manos plisaban involuntariamente su reluciente gabardina. Se sentía eufórico e inspirado vendiendo a manojos lo que no tenía, sin darse cuenta de que en realidad estaba ebrio de soledad. 

El campo empezó a bombear todos sus olores al compás de los primeros rayos del sol cuando estaba llegando a su ninguna parte. La boca le sabía a derrota de tanto amartillar recuerdos en el cielo del paladar. La cabeza le dolía de puro empacho evocador. El corazón, se llevó la mano al pecho para certificarlo, bombeaba vertiginoso un chorro de ilusioncillas destinadas a convertirse en estratagemas para comprar tiempo. Y en la caña de sus huesos cimbreaban revoluciones de certezas amenazadoras que canturreaban a ritmo de petenera «te ilusionas con gilipolleces y te engañas comprando tiempo cuando sabes que el destino está escrito, ¿por qué no te vuelcas en intentar reescribirlo?».

Una ligera brisa comenzó a bambolear los campos de amapolas. El tiempo seguía corriendo impasible, inasequible, incomprable, invendible.

A cuidarse!!!