Comunicando
Endiablado gerundio de doble filo nacido del verbo madre de todas las artes, el primer verbo que inventaron los dioses…, el verbo más bonito y más enriquecedor, el más básico pero también el más difícil, el más agradecido y también… el más cabrón.
Estás comunicando, y estás comunicando…; te pasas la vida comunicando, y te pasas la vida comunicando…; sabes que estás comunicando, y sabes (vaya si sabes) que estás comunicando…; te llamo y estamos un buen rato comunicando, y te llamo y me tiro un buen rato desquiciándome porque estás comunicando y no dejas de estar comunicando. Así hasta el infinito: comunicando y comunicando, comunicando y comunicando…, ¡qué gustazo, y qué putada!
Comunicar. Tan sencillo y tan fantástico como que es hacer a otro partícipe de lo que uno tiene; descubrir, manifestar o hacer saber a alguien algo; conversar, tratar con alguien de palabra o por escrito; consultar con otros un asunto tomando su parecer. Comunicar…: tan cruel y devastador como que también es dar, al marcar un número, la señal indicadora de que la línea está ocupada por otra comunicación. Demoledor.
Comunicar es lo primero que hacemos y es lo último que hacemos. Es
genético, consustancial a la misma vida. A su «otro yo» le pasa exactamente lo mismo. La diferencia entre ambos, en el mínimo espacio del doble filo, es que el primer y natural comunicar lo pueden hacer todos, hasta los más necios, mientras que el otro comunicar, aún siendo accesible para todos incluidos los necios, es territorio exclusivo de los tontos del culo y la especialidad de los que no siendo del todo tontos se afanan como posesos en la descomunicación como si la vida les fuera en ello y convencidos de que están comunicando de putísima madre «y la inmensa mayoría no se enteran por joder y tocar los güevos».
Comunicando. El abc de la vida, y la más grave tara de la vida. Un don, y una tragedia. Todos podemos estar comunicando y todos podemos estar comunicando a veces; sólo unos pocos creen que están comunicando cuando en realidad no han dejado de estar comunicando porque han confundido el arte de la comunicación con el castigo de la descomunicación. Y no sólo no se han dado cuenta (no se dejan que se les comunique, «amos anda, a don-doña comunicación le vas a venir tú a comunicar el qué, so gilipollas) sino que se esfuerzan con un ahínco sobrenatural para conseguir la descomunicación perfecta creyéndose además que están comunicando cuando efectivamente están comunicando todos los ratos de cada rato desde hace muchísimo rato y por los ratos de los ratos amén.
Dijo Sainte-Beuve a mediados del siglo XIX que hay pocos animales más temibles que una persona comunicativa que no tiene nada que comunicar. Ciento y pico años después la cita debe ser completada: «hay pocos animales más temibles que una persona comunicativa (comunicativa porque la comunicación es consustancial a la vida y por tanto a casi todas las personas) que no tiene nada que comunicar pero que se cree que comunica mucho y bien: son animales que constantemente están comunicando y que están comunicando constantemente, y que como ni se autocomunican ni aceptan que se les comunique (¡a ellos, que son los amos y guardianes de la comunicación!) terminarán prohibiendo la comunicación e implantando la descomunicación».
¡Al loro!, son muchos y llevan muuuucho tiempo descomunicando de tanto que están comunicando y comunicando y comunicando… Lo saben, claro que lo saben, pero están… comunicando.
A cuidarse!!!
(p’al post)
(pa después)