Ratón en la CAM
Surgió de improviso. Con lo esparrancado que estaba allí en su cortijo, en sus cercados, en su dehesa, pavoneándose de ser el más preferido al punto de mostrarse más mayoral que el mayoral y hasta más amo que el amo y la ama juntos. «Allí debimos dejarlo» pensaban ahora quienes entonces, de improviso, decidieron anunciarlo en la plaza más plaza de todas las plazas, esa en la que siempre da el sol en su puerta, esa que fue levantada en el mismo centro del centro mismo. Recuerdan ahora cómo lo decidieron en una noche negra zaina en la que respirar suponía un esfuerzo sobrehumano para arrancar el aire de los adentros del calor volcánico e infernal, puro plomo fundido que además de incendiar cada poro de la piel se autoinyectaba en el cerebro convirtiendo neuronas y terminales nerviosos en ríos de lava. Fue entonces, una noche no apta para vivir en la que pensar era una quimera, cuando decidieron lo que decidieron convencidos hasta las trancas de que daría espectáculo ampliando a cornada limpia su sanguinolenta hoja de servicios, esa que le hizo el más preferidos entre todos los preferidos. Confiaban ciegamente en ello, más incluso que en ratón al que conocían sobradamente como él les conocía a ellos después de tantos años de convivencia, de una convivencia tan estrecha como que comían juntos y paseaban juntos y pensaban juntos y entrenaban juntos y hasta, hay quien dice y afirma, dormían juntos. Todo a favor salvo la confianza que no terminaba de cuajar, y mira que se intentó, y que fue precisamente lo que en ocasiones anteriores había hecho descarrilar lo que aquella noche de fuego negro se decidió de improviso.
«Ratón en la CAM» se leía con letras destellantes en los carteles y glosaban con florido verbo los cronistas. «¡Bravo bravo!» dicen las comadres que cantaba el pueblo, mientras los compadres, más prudentes, relatan que lo que se cantaba sin cantarse era algo así como «bueno, bueno, ya veremos, que no es lo mismo su cortijo con sus cercados y su dehesa que la plaza más plaza de todas las plazas». Sabia la prudencia que se cimenta sobre la sabiduría veterana, y sabía también la sabiduría popular que acuñó el dicho «corrida de expectación, corrida de decepción». Así fue. Y así es. Y así será.
Y así será porque ratón, soberbio en su bravura y morucho en su nobleza, dejó de perseguir mozos y mozas, y, encelado de sí mismo y en sí mismo, comenzó a derrotar en su propio chiquero con un afán destructor y destructivo como no recordaban ni los más viejos mayorales. No contento con eso, y alimentándose exclusivamente de su propio orgullo aliñado con esencias de paranoia, decidió ponerse a repartir cornadas cual incontrolada metralleta a todos y cada uno de los suyos: mayorales, caporales, capataces, veedores y veedoras, amos y amas, partidarios y partidarias, cuadrillas y subalternos, ganaderos y veterinarios, transportistas y carteleros,… Fue tal el ímpetu que derrochó y tan espeso el subidón sanguíneo que le cegó, que aquello se convirtió en irracional carnicería para histérico regocijo de más de un@.
Ahora qué pasará se pregunta el respetable y en no habiendo respuesta concreta manda la conjetura y el pronóstico, ambos asentados en la experiencia y la sabiduría: «tirándose cornadas a sí mismo acabará ratón, convertido en kamikaze… Pero no sus fiéis«.
A cuidarse!!!