Una bandera
Oe oeoeoe oe oe!!!! Con la traquea reventada de orgullo y de decenas de birras y cientos de botafumeiros fumequeros, y con las palmas de las manos en felicísima sangre viva de tanto redoble y tanto aplauso y tanto saludazo sano sanísimo, Charolito, reventaíto de purito gozo tentaor, se lanza al ruedo que corona esta ajada pero revitaminada piel de toro para echarse unos pases. Lleva, como siempre, el repertorio entero, y sería capaz, como siempre, de mostrarlos y remostrarlos tan jacarandoso como gallardo. Pero no, hoy sólo va a dar uno, y nada más que uno, aunque, eso sí, rebosante de temple y lustre y garbo y naturalidad.
Chapoteando como un niño en este enorme mar rojo de purita terapia colectiva, Charolito, vestido de grana y oro por supuesto, ciñe la alegre y noble y viva embestida de este importante regalo del destino, y carga en la suerte (y de qué manera la carga) en el mismo centro de platillo para, mirando al tendido, ligar naturales con trincherazos y abrochar el instante con un garboso adorno: ¡¡¡¡la roja (precioso color el rojo), ha tenido que ser la roja (qué pensaría paquito y sus herederos) la que reconcilie a un país con su bandera!!!! ¡¡¡¡la roja, ha tenido que ser una roja la que ha pulverizado los últimos tabúes y extirpándolos de raíz ha conseguido que todos, absolutamente todos (porque los amargados ni cuentan, ¡que les den!) griten a pleno pulmón arrastrando desde el mismo centro del alma aquello de «yo soy español, español, español…, yo soy español, español, español»!!!! ¡¡¡¡LA ROJA!!!!
A gozarlo!!!