May 28 2012

Don Antonio el de la cayada (siempre en el recuerdo)

No es que sea poco hablador, todo lo contrario. Es dicharachero y muy castizo. Ronda la costa de los 90… Aficionado y escudriñador de toros y toreros desde hace más de sesenta años: “Joselito era muy listo. Se despatarraba mucho y según se le venciese el toro cambiaba con mucho disimulo el pie de apoyo”.

Como buen sibarita de su posición, se hace llevar a todos los sitios por alguno de sus numerosos nietos. Es alto, más bien grandullón…; de esos con aspecto de súper bondadosos. Su uniforme de días de toros siempre tiene dos componentes que le caracterizan: su gorra campera y su cayada. Él, como noventón y además castizo, hace alardes de su vanidad y la suelta siempre a través de ese bastón rudimentario y totalmente artesano que media España habrá visto planear al albero desde el tendido bajo del 3 de la plaza de Las Ventas. Su cayada gallea el aire camino de los pies del torero triunfador que feliz y radiante da una vuelta al ruedo. Antonio, el señor Antonio, tiene toda una filosofía taurina que distribuye a través de su cayada.

Amigo de toreros, por ellos siente respeto y gran admiración. Todos sin excepción encuentran en el señor Antonio un incuestionable apoyo. Hay algunos, sin embargo, que gozan del honor de ser de “su casa”, y a estos los estima, los quiere, y como buen y cabal aficionado que es les exige todavía mucho más. A ésos les acerca su cayada por el patio de cuadrillas para establecer una curiosa, enigmática y entrañable comunicación. Hay toreros como Curro Vázquez que le buscan frente al sol que desciende por la andanada del 1, le llama, le pide con la mirada que le acerque ya su cayada, la coge por la mazorca y escruta en los ojos del señor Antonio. . Estos toreros de su casa son, entre otros y además de Curro, Antoñete, Ortega Cano, Paco Alcalde… También lo fue Yiyo y lo sigue siendo toda la familia Cubero. Éstos, sus toreros, le hicieron un homenaje hace tiempo y le regalaron un busto de bronce que otea sus propiedades desde el borde de su finca “El Olivar”. Pero que nadie se confunda porque el señor Antonio a los que más duramente juzga, con mayor implacabilidad, es a sus toreros: “los mido al dedillo porque yo les conozco y sé lo que pueden hacer”.

El señor Antonio, don Antonio el de la cayada, rescata de su memoria, a poco que le ronees, días de gloria taurina como por ejemplo cuando veía los toros desde el patio de mulillas de la plaza vieja, la de Goya. Él trabajó allí de mulillero allí y después lo hizo en Las Ventas recién inaugurada, plaza a la que también ayudó a nacer. Luego más tarde fue cimentando sus negocios y se acomodó en el tren de la vida holgada. Pero se lo trabajó, y, encontrando la mezcla perfecta de la laboriosidad y el ingenio natural, desarrolló un negocio sin denominación ni definición concreta: montó un negocio y punto. Nunca faltó a los toros y desde hace ya bastantes años se ubicó en el tendido bajo del 3, junto a la puerta del patio de cuadrillas, cerca de sus amigos los picadores y los que trabajan en el patio de caballos. No le importó que la lidia se realice en la parte opuesta a la que él ocupa porque dice que desde donde él está la perspectiva es buena y se ve mejor a los toros, “se les descubre en el caballo”…, su otra gran pasión.

Desde aquel atril, ingeniosamente hallado, dirige su particular orquesta a punta de cayada. La visera calada, el torso erguido, la vista fija y analizadora, el puro (siempre Farias) siempre en los labios, apoyado el brazo izquierda en la barandilla para deleitarse escrutando con un personal y privilegiado ángulo de visión, con la cayada entre sus manos que en muchas ocasiones se emocionan y tiemblan ante una garbosa labor… El señor Antonio (De Frutos de apellido) ilustra con sus recuerdos todas las faenas: añoranzas y comentarios jocosos si el muermo empieza a trepar por la barrera, ingeniosos si se quiere criticar sin ofender y sin quebrantar sus propios principios, puntilloso e insobornable cuando hay toro y no hay torero… Y cuando el toro esté orlado por la estocada del matador, el señor Antonio se relajará y en breves segundos emitirá su juicio, sentenciará lo visto con la solera que le dio la vida alumbrando con gotas de rica experiencia las ávidas demandas de sus compañeros de localidad. Cuando pide la oreja es más que seguro que el torero la ha merecido. Si lo concedido es tan sólo vuelta al ruedo puede ser que ya no esté de acuerdo, o sí, y entonces lo que haya sido lo mostrará con su bastón de mando, con su cayada. Si el torero tiene que agacharse a recogerla, o tan sólo devolvérsela, sabrá que entonces es que cuenta con el beneplácito de un aficionado tan cabal como que lleva a sus espaldas y en su hoja de servicios más de 60 años de ver toros. Si un torero en la plaza de Las Ventas da una vuelta al ruedo y no ve caer a sus pies una cayada desde el tendido bajo del 3…, una de dos: o ese día no ha ido el señor Antonio (raro, raro), o lo que ha hecho, su labor, ha tenido alguna laguna que debería hacerle recapacitar hasta encontrar la corrección a ese error.

Don Antonio, el de la cayada… Y que a nadie se le ocurra tomarse su sabiduría a broma, que a nadie se le pase por la imaginación siquiera poder lanzar la cayada del señor Antonio desde el tendido bajo del 3 de la madrileña plaza de Las Ventas del Espíritu Santo. Su cayada es su veredicto, su sabiduría, el sostén de una purísima afición. La cayada del señor Antonio es el puntero del Cossío, una prolongación del dedo más cabal de cuantos se sientan en los tendidos de la plaza madrileña.

 

(Del libro: «LAS AFUERAS DEL TOREO, LAS VENTAS DE CHENEL»).

 

Música de Tomasito, Jorge Pardo & El Bola, Mayte Martín y Joaquín Sabina.

 


May 22 2012

Trincones

 

Fieles a su etimología más pura, gustan del apretón en cualquiera de sus acepciones, disfrutan con la dificultad que a veces conlleva la apropiación de voluntades, y nunca dejan de ensayar las técnicas del amarre imaginario sobre quienes, aún dolientes, son parte vital del rito. Casi anacrónicos, tiemblan cuando observan cómo las moderneces de la intelectualidad devoran sus raíces más ancestrales llevándolas a agonizar en una infertilidad mucho más que bien recibida por las pacientes y sufridas víctimas de sus faenas. Se consuelan pensando que serán menos pero que a pesar de esa alarmante brecha en su peculiar sistema demográfico su casta no podrá ser extinguida por mucho que se intenten introducir temibles cambios, llegados desde los ámbitos políticos que acabarán por convertirlo todo en corrupción… “Con nosotros no podrán”, murmuran mientras hacen honor a otra de las acepciones que la Real Academia les otorgó mostrando su platónico amor al buen vino, al exquisito licor o al más actual y recurrente “trago largo sólo con hielo de aquella botella que me dices te han traído desde la misma Escocia”.

Baladronean y se jactan ostentosamente de su estética, tan refinadamente camaleónica como visiblemente extraída del más polvoriento baúl de la historia de la confección y el diseño. Son devotos del cuello duro, del traje cruzado, de la camisa de seda –“italiana, por favor”-, y de las vetustas gafas de sol en nácar ojo de perdiz. Al tiempo que horteras son capaces de provocar sin esfuerzo auténticos latigazos sensoriales cuando, de un día para otro, modifican atuendos impactando con indumentarias –ellos dicen que de sport- en las que conjugan desde el más purista estilo kitsch al postmodernismo de escaparate de calle de gente bien. Gustan de ver pero sobre todo de ser vistos, y a ello se entregan en cuerpo y alma al grito de “¿¡cómo estás?!”, siempre acompañado de una perceptible palmadita en el hombro. Sin demostrar el más mínimo cansancio recorren hoteles y posadas, cortijos o mansiones, escrutando hasta la conquista cada rincón, por recóndito que esté, en una operación de acoso y derribo –rapiñismo al cabo- de cuya efectividad depende su siguiente minuto de bienestar.

Son los trincones, los expertos más aventajados de esa materia conocida como “el arte de la patilla”: el glorioso arte del vivir bien sin dar ni golpe, que se alcanza a base de la petrificación más químicamente pura de sus rostros. Inasequibles al paso del tiempo y al cambio de mentalidad de los toreros, subsisten gracias a “La Tradición”, tan arraigada como indestructible, auténtico y puro caldito de cultivo de la tauromaquia. Últimamente andan un poco de capa caída porque el valor y el sentido de su título está en peligro debido a esa acepción puesta en boga por “la clase dirigente de lo que sea menester”, y se temen que en breve pasarán a engrosar la plantilla de sinónimos del término “corruptos”. Por ello, una vez más vuelven a agudizar su ingenio para conseguir estar sin que lo parezca, ser sin que se note, y mientras seguir ejerciendo como buenos entendidos en la migración, una de cuyas reglas de oro dice que irremediablemente y año tras año se volverá a los lugares donde se comió a gusto, se durmió con placidez, no se pasó frío, y no solamente no costó un chavo sino que hasta se ganó dinero. Lo dicen porque lo escucharon a sus antecesores y les excitaría que no lo olvidaran los que puedan venir, que el oro de los toreros da para mucho.

Y así van tirando, Y por lo que se avecina no se atreven ni siquiera a pensar en traicionar al diccionario de la Real Academia: “Trincar: tomar bebidas alcohólicas, amarrar a alguien, robar, apretar, apoderarse de alguien o de algo con dificultad”.

 

A cuidarse!!

 

Música de Willy Giménez, Leonard Cohen, Jorge Pardo y Lucio Dalla.

 


May 10 2012

Empieza la Feria: ¡A los toros… en Madrid!

Los estudiosos de la festividad popular dicen y mantienen que Madrid no tiene fiestas, que la maquinaria de la gran urbe no permite ni autoriza semanas de relax ni de asueto. Tan ofensivas afirmaciones las argumentan, con cierta comprensión de los currelas, con una obviedad: una gran mayoría de “gatos”, bien por linaje o bien por acogida, aprovechan cualquier resquicio de san descanso para irse lejos de la ruidosa y humeante ciudad. Esos mismos estudiosos elevan el tono de sus hipótesis, si es que son rebatidas, apostillando que eso de los puentes o de los acueductos (que también los hay) es un invento puramente madrileño que no sólo se exportó sino que se potencia de generación en generación.

Por todo eso, y de esa forma tan sombría en principio, se extrae una consecuencia también muy comentada y predicada: la verdadera fiesta en Madrid son sus corridas de toros por San Isidro; veinticinco tardes seguidas de cita con la fiesta por antonomasia (hasta la llamaron “nacional”) que los madrileños se reparten y distribuyen de muy diversas maneras según sus quehaceres cotidianos.

 

“LOS QUE VIVEN LA FIESTA”

No madrugan pero tampoco dejan que la mañana les coma en el catre. Tienen que patear las calles comentando y recomentando lo que vieron ayer para explicárselo a quienes no lo vieron y para discutirlo con los que sí estuvieron.

Bien perfumados, cabellos marcialmente repeinados, periódico bajo el brazo…, emprenden el camino del bar de costumbre, de querencia. “¿Qué pasa Pepe?… ¿Lo viste?…¿viste como yo tenía razón?” Y Pepe, que a esas horas ya habrá discutido con cuatro rezagados, dos distribuidores y el chico de los recados…, Pepe a esas horas no entra al trapo. Café, copa, cigarrito y un vistazo a lo que han escrito los cronistas. Último chupito y a la segunda querencia. Ahí cambia el panorama, ahí sí que encontrará a alguien que entre a su muleta y con quien discutirá algo, lo que sea, de lo ocurrido en la plaza de toros. El caso es discutir y por ello argumentos, estrategias y otras martingalas ni sirven ni importan porque de lo que se trata es de provocarse, citarse el espíritu crítico porque se aproxima la hora del apartado.

Llegada ahí con aires muy toreros, “buenos días, señores”, vistazo a diestro y a siniestro, ubicación adecuada, y … a mirar. Es, son, avezados taurinos con lo que sólo les es necesario un vistazo con el gesto bien enmorrillado y… a discutir, que es de lo que se trata. Que si ese no dará juego, que si el bueno es el número 49, que si usted no tiene ni idea y es un indocumentado… Argucias al cabo para que suba el tono vital necesario para emprender la nueva aventura.

Llegar al hotel de los toreros es un paso obligado del vía crucis de quien en Madrid vive los toros por las fiestas del patrón. Allí, verdadero reducto del taurinismo más falso, se saludan entre ellos sin a lo mejor ni conocerse. Se palmean los hombros, se dicen “y tú qué tal, cómo estás”, provocan chismes, y afinan la oreja porque como sea tienen que reactualizar su víscera crítica, que es de lo que se trata. Sucede también que lo mismo tienen un compromiso de última hora y tienen entonces que dorar la píldora a reventas profesionales o a cualquier miembro de la cohorte que rodea al torero para conseguir entradas. Y en el caso de que compromiso no tengan, lo que buscarán con auténtico instinto primario es quién pague sus copas, “de fino…, faltaría más”. Lo mismo hasta si hay suerte encontrarán compañeros de comida, bien para que les salga gratis hasta el puro o bien para seguir condimentando el tarro de acritud necesario para ir luego a la plaza porque en Madrid hay que ir a los toros de mala leche…, de ahí lo de cátedra.

Tanto de una forma como de otra, llegará la hora sagrada del café, la copa (gintonic o güisquito) y el puro…, genuino rito para estos personajes que saborean cada ingrediente de la sobremesa como si fuera la primera vez que lo toman. Buchito a la negra pócima, relamido al copetín, y honda y profundísima chupada al puro (“de categoría por supuesto”) mediante unos movimientos ensayados de salón una y mil veces. Los más… diremos profesionales… dibujan enormes faenas entre el humo de la estaca, sobre el aroma del café y entre los efluvios de la copita. Si tienen a alguien a su lado recordarán con una inconmensurable colección de detalles la faena de su vida, la que requiera el momento porque ellos han visto cientos de ellas… “tantas que si yo me pusiera el Cossío, el Cossío nada menos, se quedaba canijo”.

Terminada la mezcla llega la hora de servir el cóctel: camino a la plaza, saludos y de nuevo también palmaditas en cuanta espalda lo merezca, y nuevas variaciones de su corto y repetitivo dialecto “cómo ves a tal…, no me digas que no está acabado…, ¿qué no?… ya me lo dirás luego”. Llegada a la plaza, entrada por el patio de las personalidades (que sarcásticamente es el patio de arrastre), saludos a los porteros con aires de señorito cortijero, vista al frente, el puro a un lado de la boca, cabellos tersos y pinta re-atildada, y llegada a un nuevo objetivo: la sala de prensa. La mayoría de estos especímenes conocen a los periodistas porque este mundillo, aunque no lo parezca, es chiquito como un pañuelín y todo el que pone empeño conoce a todo el personal. Ahí de nuevo el ritual del palmeo espaldero a los presentes, “¡buenas tardes señores!”, y, tras hacerse con el programa del festejo, puerta con aires malhumorados, molestos porque nadie les ha entrevistado, ¡a ellos!… Ya fuera, paseíllo por pasillos, pasadizos y vomitorios, saludos semiterratenientiles a los almohadilleros, vista siempre al frente, espalda tiesa, pecho bien abombado, y…caminito de la localidad. Ya en ella, otro saludos a los vecinos a los que ya tienen acostumbrados a realizarles algunas puntualizaciones para así poder hablar con la boca llena de sabiduría, protocolo que realizan mientras con la mirada buscan para ver quién falta al tiempo que ajustan sus miras de apuntar para fijar a quiénes verán y con quiénes discutirán después.

Terminado el festejo, durante el que “faltaría más, pues no te digo” habrán actuado como si de asesores presidenciales se tratase, la salida de la plaza implica casi casi desandar el camino repitiendo casi casi lo hecho al entrar. Observar las caras de los cronistas y tirar la banderilla donde más le duela al periodista con quien están enfrentados en la lejanía, y ahora ya sí salida triunfal por la puerta de arrastre camino del patio del desolladero. Tertulia, doctrina, predicación, cábalas, “nos vemos luego”… Y eso sí, siempre con el puro a un lado de la boca o entre los dedos aunque esté apagado, y dejando constancia de que ellos, como los buenos toreros, entrar y salen de la plaza sin despeinarse. Allí en ese terreno aguantan hasta el final, algo caerá, hablan con toreros modestos que dignamente saludan a todo el mundo, les conozcan o no (algo caerá), y salida a la calle.

Copazo y tapita en los bares aledaños, güisqui en alguna tertulia programada donde ya se miran mucho más no vayan a desbarrar y prefieren oír, y vuelta a casa. Será, la mayoría de las veces, más tarde de la medianoche, sin tele y con la mujer ya acostada, sin nadie con quien discutir porque la parienta, que ya se sabe la cantinela de todos los sanisidros se hará la dormida. Al catre pues y a plegarse, han sido más de doce horas de San Isidro y mañana… más.

“LOS QUE SUFREN LA FIESTA”

Para la mayoría de aficionados que durante un mes acuden cada tarde a la plaza de Las Ventas por sanisidro debería crearse un fondo de compensación que resarciera bien sus méritos o bien sus fatigas. Sin duda debería constituirse una asociación para caídos en combate que además facilitase atención psicológica como terapia de recuperación tras tan monumental esfuerzo. En ella estarían y ellos son los que compaginan fiesta y trabajo, fiesta y familia, fiesta y vida. Seres que durante un mes fuerzan la maquinaria hasta extremos insospechados, llegando incluso a sugerir, vade retro, que en el foro debería imponerse la tradición pamplonica de que cuando llegan las fiestas las parejas se deshacen para rejuntarse una vez acabe “la guerra”.

Cuando suena cada mañana el despertador, ellos están aún en el tercer toro del sueño, y el cansancio y el agarrotamiento que arrastran es tanto que su vocabulario es el silencio. No pueden derrochar, mucho menos a esas horas, ni una sola neurona porque en su cabeza se suceden a velocidad de vértigo los recuerdos del día anterior, los problemas del trabajo, los trucos para cambiar turnos, el ingenio para encontrar la fórmula de contentar a la familia que en muchos casos comparte la tradición taurina pero que en otros tantos no quieren oír ni un apunte de nota de pasodoble. Con ese menú tan colesteroso de buena mañana, o mejor madrugada, se arrastran a la ducha con la radio a todo volumen para que el ruido no les falte ni un momento y así irse habituando (¡qué ironía!) a lo que es su círculo vital en donde tampoco puede faltar el humo. Es por ello que tiran sin dudarlo de la llave del agua fría, la radio a todo trapo, el pitillo pegado traidoramente a los resecos labios, y en sus cuerdas vocales cientos de improperios concentrados para repartir a la mínima de cambio. Cuando del baño salen, su estado sigue exactamente igual: derrotados pero buscando afanosamente en sus agotadas neuronas qué comentar en apenas unos minutos.

Es tal el derrote en que viven y padecen que ni desayunarse a gusto pueden con lo que todo se ciñe a un café rápido que junto con otro cigarrillo contribuye a recordar algo de lo vivido el día anterior en la plaza. Un par de calificativos, uno de lo visto y otro a lo vivido, y a toda mecha al trabajo. Allí, entre malhumor que se torna en frenesí cuando se vio una buena faena va transcurriendo la mañana. Cuando llega la hora del bocadillo surge la primera sonrisa porque ya va aproximándose la hora de la verdad. Con ese panorama, imagínese la hora de la comida: en ella, sean o no aficionados los comensales, hay que hacer gala de los conocimientos que se tienen, y es entonces cuando brotan los análisis, veredictos, sentencias y pronósticos. En esos momentos la fiebre ha llegado ya a tal extremo que nada o casi nada se respeta: “a mí qué me importa si les gustan o no los toros, yo reparto afición y busco partidarios para la fiesta y aunque sea les hago una demostración del natural que pegó Chenel y que fue más grande que la última declaración del mismísimo presidente del gobierno. Es mi momento de inspiración y si los taurinos lo viesen me contrataban para que hablase… ¡en Estrasburgo, vamos!”.

Terminada la comida, vuelta al trabajo con el humor hecho trizas y notando claramente una subida de más histeria porque ¡ya va llegando la hora! Si es preciso, que lo será, habrá que ingeniárselas para escaquearse unos minutos antes de la hora de salida. Si tiene que viajar en metro, el estado de inquietud e histerismo subirá un nuevo nivel porque se mezclará con sudores, empujones y hasta arrechuchos si hay alguna chica guapa en las cercanías. Y así, se llega a la plaza hecho unos zorros, pero se llega con relativa prontitud lo que equivale a poder cafetearse y acicalarse en algún váter espacioso y preparado. Si por el contrario tiene que desplazarse en coche, la paciencia que hay que derrochar para sí la quisiera el santo Job. Se sabe que habrá atasco, que en el mejor de los casos se sobrelleva con el seguimiento radiofónico de alguna tertulia. Con todo, el estrés habrá llegado ya a límites preocupantes y lo peor está llegando: “¿dónde cojones aparco?”. Si se tiene prisa, dejarlo en los aparcamientos de la plaza es una temeridad porque luego salir es peor que una película de piratas criminales. Sea como fuere, el cuerpo se ha convertido en un océano de sudor en medio de una galerna de nervios desquiciados con lo que la entrada a la plaza es más parecida a la de un maletilla que a la de un figurón del arte de ver toros, cualidad esta que todo el que va a las plazas se sabe para sí “¡faltaría más!”.

Entrada rápida, cuando no rapidísima, copita rápida, cuando no rapidísima, saludo rápido, cuando no rapidísimo, y miradas y análisis rápidos, cuando no rapidísimos… Todo al ritmo de la nerviosa rapidez rapidísima, con lo que lo visto habrá que ralentizarlo, sí o sí, siempre y cuando, claro está, se encuentre de un minuto para poder hacerlo y se pueda disponer del tal minuto.

Pasado el festejo toca la salida de la plaza que nuevamente se realiza a toda velocidad. Cañita en el bar cercano que se bebe en menos de un suspiro rápido sin derrochar ni un solo segundo en degustarla y “mejor si no ponen aperitivo”. Cigarrillo en la boca, las llaves del coche moviéndolas a 45 r.p.m., la mirada que busca el coche al tiempo que planifica por dónde salir, y de vuelta a casa. Allí la entrada ya es lamentable porque desde el instante en que la llave entra en el ojo de la cerradura es como si el día se le tirase encima a uno de golpe, de sopetón, y el mero hecho de cerrar la puerta o soportar las caricias del perro pueden provocar una auténtica debacle. Con ese estado llega el parte de novedades que uno, por mucho esfuerzo que haga, ya no puede sostener ni rebatir ni nada de nada. Vienen entonces los líos: que si estás cansado es porque tú quieres, que si no te ocupas de nada, que si vives como un marqués y a los demás que nos den, que no es justo que la fiesta sea sólo para ti, que el sábado nos vamos al campo y si tú no vienes nos vamos solos, que si… que si…

La noche ha llegado de pronto sin tiempo para analizar lo visto y lo vivido, y con la amenaza de que como se hable va a ser peor entre otras cosas porque con el cuerpo aniquilado más que hablar aquello será bramar. Para que no se levanten más ampollas, “que todavía quedan un montón de días”, si la cena se ha enfriado se cena fría y siempre resignado no sea que al final sea aún peor. Y finalmente, casi 16 horas después, se vuelve al baño, se apoya la cabeza en la pared, se mira al espejo a ver qué cara tenemos ya, se atusa un poco el semblante, y se coge aire “veremos qué pasa esta noche”. El día después ya está totalmente planificado.

(Del libro «Las Afueras del Toreo, Las Ventas de Chenel. Pinturas originales de José Luis González)

 

A cuidarse!!

 

Música: Camarón de la Isla, Carmelilla Montoya y Miguel Poveda, y Miguel Poveda.

 


May 6 2012

Volver a empezar

Resetear. Refrescar. Rehacer. Reconstruir. Rectificar. Actualizar. Volver a empezar. Muchas veces, muchas cosas, mucha gente…, se decide empezar de nuevo. Bien para reafirmar todo lo anterior actualizándolo, bien para cambiar todo lo anterior volviendo a empezar. Incluso, puede que en la mayoría de las ocasiones, simples situaciones simples son sometidas al enigmático y azaroso poder de la f5.

Volver a empezar por convicción, con premeditación y absoluta planificación…, pero también volver e empezar sin otro miramiento que lo que sea, sea distinto, diferente, sin importar lo que sea con tal de que sea de otra forma, igual da cual sea o como sea esa forma.

Volver a empezar acaban de hacerlo los franceses y los griegos. Antes, por el mes n ese, lo hicimos aquí pero no se pareció ni se parece a estos de ahora porque aquí lo que se hizo, casi casi a cierraojos, fue volver a empezar por descarte en el ensueño de que peor no podría ser, daba igual lo que fuera o como pudiera terminar siendo con tal de que fuese otra cosa y a ver qué pasa. Fue jugar a la ruleta a rusa con balas de efecto tan tan retardado que quizás entonces pareció que tocó un canal vacio del tambor pero al poquito, al instante casi, llegó el disparo, el proyectil, el tiro directo a la sien. No fue técnicamente por tanto un volver a empezar sino un ponerse a portagayola y que sea lo que el toro quiera. No se reseteó, ni se refrescó, ni se rehízo, ni se reconstruyó, ni se rectificó ni se actualizó; se echó una moneda al aire sin ni siquiera haber comprobado antes si tenía cara y cruz o dos caras o dos cruces o si carecía incluso de acuñación: de lo que se trataba era de echar la moneda al tiempo que se tiraba la otra.

Volver a empezar acaban de hacerlo los franceses y parece que no al tuntún por el contenido de las propuestas presentadas y elegidas y después de haber jugueteado en el fielato de democracia o fascismo. Volver a empezar y parece que no para a ver qué pasa sino después de haber sufrido el sinsentido de la dieta Déficit que adelgaza sí pero que como sólo adelgaza a lo bestia y sin piedad conduce inexorablemente a la inanición, y después de haber podido comprobar sin discusión en un rapto de lucidez inconcebible en un estado de astenia generalizada que los recortes obsesivos matan y rematan. Vuelven a empezar los franceses parece que con total convencimiento y razones más que metabolizadas fruto de la lenta y pesadísima digestión de la nada requeterecortada y requeteajustadísima.

Volver a empezar acaban de hacerlo también los griegos. Y este caso sí que es digno de tildarlo de peculiar y de ir acompañado de la muletilla para ser estudiado: han vuelto a empezar de raíz, a saco. Ellos, sin duda y por necesidad extrema, han reseteado, refrescado, rehecho, reconstruido, rectificado y actualizado su sistema. Casi podría decirse, en un ataque cerrado de romanticismo utópico y quimérico, que han decidido reinventar lo que ellos inventaron hace milenios y que ahora les habían dejado en las mismitas miasmas del tuétano de los huesos. Reinventarlo como sea pero reinventarlo.

Volver a empezar. Ojalá sirva, les sirva, nos sirva. Volver a empezar porque hay otra forma y otra manera de hacer las cosas. ¡Volver a empezar!…, léase con rotundidad y bien alto a ver si además, con algo de suerte, consigue despertar a tantísimo anestesiado y les encamine sin posibilidad de dar marcha atrás a rehacer, reconstruir y rectificar…, y que al resto les resetee entrañas y neuronas.

Que así sea y que sea pronto resulta más necesario que deseable. Pero también y por desgracia casi imposible. En todo caso, escrito queda aquí y aquí queda porque este post no le quiero volver a empezar.

A cuidarse!!

 

Música de: Love, Amos Lee, The Flying Burrito Brothers y The Wave Pictures.