Apaga y vámonos
La miraba fija, intensamente, y cuando cerraba los ojos ya no revoloteaban miniconstelaciones de recuerdos lumínicos en las bambalinas de sus ojos. Lo intentó una vez y otra, pero nada. Veía apenas, si forzaba hasta casi el dolor, un boceto de rastro borroso de aquellas inquietas y escurridizas chiribitas a las que perseguía a cierraojos sin conseguir no ya apresar sino siquiera retener.
No era su culpa ni mucho menos su intención. Quería hacerlo con la misma fuerza, o quizá algo más, con la que siempre quiso. Pero nada, no había forma. La veía, sí, ahí arriba…, donde siempre estuvo, donde siempre había estado, donde siempre por siempre debería estar. Pero ya no era la misma. Y ella lo sabía. Por más que ella misma forzaba a sus artesanos filamentos, por más que les esforzaba a la incandescencia radiante y cegadora de tantos y tantos años…, no había forma, ya no lo conseguía. Y él, viéndolo, sufría con extrema angustia. Y ella, atisbando su desconsolado sufrimiento, rebuscaba un simple rescoldo de energía en lo más hondo de sus almacenes de tungsteno y vanadio. Pero nada. Y entonces su sufrimiento se transformaba en afligido tormento rayano en la tortura. Y sentía una impotencia que la desquiciaba. Y le entraban unas ganas incontenibles de morir, y de hacerlo cuanto antes.
Él entre tanto, reconcomiéndose en su desesperación y en su pena, no podía detener el carrusel de los recuerdos, el irrefrenable tiovivo de la memoria, el caudaloso sinfín de evocaciones. Notaba en la misma caña de sus huesos un torrente espeso de nostalgia y sentía que más pronto que tarde se le inundarían aurículas y ventrículos llevándose por delante tantos sentimientos laboriosamente sembrados y emotivísimamente cultivados.
Hormigonándose por dentro y atrincherándose por fuera, de pronto aquella luz que ya casi no lucía habló, gritó, atronó: «me gustó ser bombilla, ser luz de guía, iluminar y guiar, y me gustaría poder serlo siempre. Pero el tiempo ha pasado de acecharme a cercarme y de cercarme a extinguirme, y no me quedan fuerzas para sostener esta lenta e inexorable agonía… Casi ni siquiera me queda energía para apagarme de pronto por mí misma, para entonar mi «apagose«. Apágame tú, por favor».
Lo escuchó perfectamente, lo vio con absoluta nitidez, lo sintió en lo más profundo de sí mismo. Notó como un haz de luz con la fuerza del láser estaba esculpiéndole implacablemente aquellas cuatro palabras. Y entonces, abatido, se jibarizó hasta rozar la inexistencia mientras un hilillo de voz bisbiseaba «apaga y vámonos».
A cuidarse!!

