Buchitos de salón
De salón torea como dios, pero en la plaza no le ha visto torear nadie nunca jamás. Frente al espejo se gusta y regusta, se pavonea, se engalla, se desplanta y se adorna, pero en el albero no le ha visto hacerlo nadie nunca jamás. Acaba de volver a mostrarlo y demostrarlo desde los cercados de la cartuja, donde además clamó que hay sed y que hace sed para acto seguido mostrar y demostrar que él agua no da (tampoco sabe seguro si la tiene) y que como mucho repartirá buchitos… pero de salón.
Diestro gallardo (¡ah NO, que ese es otro!) y valeroso (¡uy, me equivoqué de nuevo!) frente al espejo…, es ahí justamente, frente a la tabla de cristal azogado por la parte posterior, donde (cree que) inventa sus faenas y, sobre todo, donde las sueña… Él sólo frente a si mismo. Y dormitando porque soñar lo insoñable también es trabajoso y él no es torero de fatiguitas, no. Él (frente al espejo siempre) se ve glorioso y triunfante, y se ve así sin despeinarse, sin esfuerzos ni apreturas, sin capotazos, ni muletazos, ni quiebros ni espadazos: ¡menudo cansancio! Él, él sólo siempre frente a su reflejo, saliva y babea soñándose en volandas de la afición, mientras sus partidarios a modo de guardia pretoriana protegen y reprotegen su traje (que no vestido, esa es terminología de toreros de verdá mientras que traje es terminología camPPsista) de color morado gurPPeliano con remates en purpurina trilera. Él de salón no tiene rivales, él de salón no tiene parangón (ni tampoco agua y clama que hace sed, pero sí buchitos).
Todo eso hizo y soñó en los cercados de la cartuja de donde salió derretido en su propio éxtasis camino del ruedo a librar el esperado mano a mano. Y allí, en el mágico redondel de glorias y fracasos, expuso por fin su tauromaquia, esa que estaba más que seguro (al igual que sus partidarios) que le llevaría directamente al magno palco palaciego. Una tauromaquia consistente en no hacer nada, absolutamente nada, nada de nada de nada. Una tauromaquia consistente en quedarse quieto como una estaca mientras su contrincante se reventaba dando verónicas y chicuelinas, gaoneras y revoleras, naturales y trincherazos…, esquivando embestidas y quebrando cornadas. Y él quieto parao, sin mover ni un milímetro las zapatillas, aguardando el inevitable cornalón mortal a su contrincante. Esperando tumbadodepié el desenlace, sabedor, y cómo y cuánto, que al burel ya se le ha extraído la bravura y la maldad y los resabios, y se le ha dejado tan amaestrado como a la afición que harta de puyazos y banderillazos se resigna doblando la cerviz y se repucha en sí misma como paso previo a cortarse la coleta colectivamente porque a partir de ahora el toreo/la tauromaquia consistirá en toros domesticados yendo del ronzal de un torero de salón cuyo único arte único es quedarse quietoparaotumbaoydepié y que aún clamando que hace sed agua no dará, como mucho mucho muchísimo buchitos de salón.
A cuidarse!!


