¿Resultado?…: indiferencia…
Ni chicha ni limoná, ni sí ni no, ni blanco ni negro, ni frío ni caliente…, ni pa ti ni pa mi… ¿Cuál es por tanto el resultado?… Pues desgraciada y lamentablemente el peor posible: la indiferencia. Un estado de máxima gravedad porque es como estar al mismo borde del abismo pero sin estarlo del todo. Es el me da igual, el me la pela, el ¡¡¡conmigo que no cuenten!!! La antesala del acabose.
Para unos fue mucho. Para otros apenas nada. Para los más, ¡qué mas da! Y para unos cuantos, más de los que pensamos, … para los alquimistas de la carcundia es otro poquito de su ansiado caldo de cultivo. Desoladora situación y temible anticipo del mortífero verbo «devastar».
El hecho indiscutible de que habiendo motivos de peso una legión pasase de la huelga en todas sus acepciones es la conclusión más desoladora de cuantas invadieron a toque de corneta nuestras pesadillas. Que una turba, ya casi infinita, de desencantados sitúen su desolación en el estante de la indiferencia y que incluso les sea indiferente quitarla o no de ese lugar es una lacerante rejonazo venenoso en el mismo centro del corazón del ímpetu vital y de la conciencia social. Que el hartazgo que deslumbra en las entrelíneas de los sondeos no se manifieste, y que tampoco lo haga el odio atávico de quienes creen que llevan una poltrona en su código genético, es un barrenazo en el mismo centro del sin vivir que fluye incesante de lo más hondo de esa ciénaga llamada crisis económica.
Indiferencia: estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado. Indiferencia: frialdad, desdén, insensibilidad, desinterés, impasibilidad, abulia, apatía… Indiferencia: un grandísimo artista lo definía con excelsa maestría diciendo «a mi o que me aplaudan mucho o que me piten mucho pero la indiferencia jamás: es la muerte».
¿Quien gana con la indiferencia?… ¿Quién pierde con la indiferencia?… ¿Por qué este estado generalizado de anestesiamiento masivo?…
A cuidarse!!!






